EL LLAMADO AL CONOCIMIENTO 1

el llamado al conocimiento

INTRODUCCIÓN

Según el evangelio, no hay nada más extraordinario, no hay fin mayor, no hay experiencia más poderosa que el conocer a Dios. Sólo el evangelio de Jesucristo puede darnos acceso a una verdadera experiencia de conocimiento de Dios.

2 Pedro 1:3-7 dice: “Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, (4) por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia; (5) vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; (6) al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; (7) a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor”.

El apóstol Pedro nos explica que el medio por el cual Dios nos ha concedido todas las cosas es el conocimiento de Dios.

Juan 17:1-3 dice: “Estas cosas habló Jesús, y levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; (2) como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste. (3) Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”.

¿De qué manera es posible que un conocimiento sea vida?

Piense por un momento. El conocimiento humano no tiene comparación con el conocimiento del cual estamos hablando. Los seres humanos buscan conocimiento por causa de sus vidas, o para obtenerla. Buscamos conocer, porque estamos biológicamente vivos y buscamos conocer nuevas cosas porque deseamos seguir así. Sin embargo, Jesús nos presenta una declaración absolutamente diferente a ese conocimiento: la vida eterna ES conocer al Padre.


Nota: El evangelio de Mateo menciona tres veces la expresión “vida eterna”; Marcos lo hace dos veces y Lucas tres. Juan menciona la expresión “vida eterna” diecisiete veces en su evangelio. Esto demuestra un especial interés de Juan acerca de la vida eterna. De hecho, solo Juan registra esta oración de Jesús en su evangelio (Juan 17:3). En ninguna manera se perdería esta importante definición, luego de seguir por tres años a Jesús.


Hablamos de un conocimiento de naturaleza y efectos totalmente diferentes a los que estamos acostumbrados a procurar y obtener. El discipulado debe conducirnos a alimentar nuestras almas con ese conocimiento que nos ha sido otorgado en forma de vida en nuestro espíritu en la Cruz de Cristo.

El apóstol Pedro nos indica que en nuestro proceso de madurez es necesario añadir conocimiento a nuestras vidas en 2 Pedro 1:5. Sin embargo, su prescripción es sumamente precisa: añadan a la virtud conocimiento. Esta acción es a prueba de orgullo, soberbia y vanidad, porque no se trata de añadir información a nuestras mentes, sino de una edificación precisa. Es necesario añadir primeramente virtud a nuestras vidas, antes que conocimiento, porque de esa manera el conocimiento encuentra una plataforma firme y una dirección clara: el amor. La virtud nos permite edificar vínculos espirituales de servicio y amor hacia otros, mientras que le hace saber a nuestro corazón que lo importante del crecimiento espiritual no es lo que sabemos sino lo que manifestamos.

¿Realmente anhelamos conocerle?

Esta es una pregunta que podemos hacernos antes de embarcarnos en este viaje. Es importante notar que el alma humana solo suele desea aquello que le produce algún tipo de beneficio o placer personal.

El conocimiento de Dios es un tesoro escondido a plena vista. Dios se ha dado a conocer a todo aquel que le busca de corazón sincero y genuino, pero se oculta a plena vista para aquellos que determinan vivir una vida vana.

Romanos 1:18-23 dice: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; (19) porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. (20) Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa. (21) Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. (22) Profesando ser sabios, se hicieron necios, (23) y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles”.

En el mundo abundan las falsas intenciones de conocer a Dios. ¿Porqué puede una intención de conocer a Dios ser falsa? El ser humano suele procurar sólo aquellas cosas que le otorgan algún beneficio humano, natural, personal y terrenal. Es decir, es común que el hombre sólo intente conocer a Dios en la medida que ese conocimiento le otorgue algún tipo de beneficio personal limitado a cosas terrenales.

Somos testigos de un gran despliegue de poder cuando una persona expresa un anhelo de conocer a Dios por razones más altas; por ejemplo, porque hemos entendido que ese conocimiento es lo único que puede darle sentido a nuestra existencia misma.

¿Por qué anhelaría nuestra alma conocer a Dios?

Ese es un anhelo que solo puede provenir de nuestro espíritu. Solo un espíritu vivo puede despertar un anhelo verdadero y genuino por conocer a Dios en el alma. Es un anhelo espiritual en el alma.

Si toda la información que tenemos acerca de Dios es producto de imaginaciones humanas, entonces nuestras oraciones y adoraciones se vuelven idolatría. No hacernos imágenes de lo que hay en el cielo, tiene que ver primero con desechar la imaginación humana, para tener nuestro corazón limpio y dispuesto a acceder al verdadero conocimiento de Dios.

Buscamos conocerle porque nada hay que tenga más sentido que eso en nuestras vidas.

¿Puede usted identificar ese anhelo clamando en su interior? Entonces no deje de confesarlo: “Padre Celestial, quiero conocerte”.

Ese anhelo, si es espiritual y verdadero, sólo se produce como fruto de la fe no fingida. Eso significa que es un anhelo que no está entrelazado a expectativas humanas, naturales, terrenales o temporales. Eso quiere decir que no estamos buscando conocerle a Él porque esperamos que eso nos traiga algún beneficio terrenal, sino que somos atrapados por la razón de nuestra existencia. Sencillamente buscamos conocerle porque nada hay que tenga más sentido que eso en nuestras vidas.

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