HOSPITALIDAD

DEFINIENDO HOSPITALIDAD

Hebreos 13:2 dice: “No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles”.

La hospitalidad es la virtud que despierta el gozo y disfrute espiritual en compartir alimento o techo para beneficio de otros.

La palabra que se traduce hospitalidad es el griego G5381 philoxenia, que se deriva de phileo (amor fraternal) y xenos (extranjero) y significa amor al extranjero, amabilidad dando la bienvenida a huéspedes y extranjeros.

Romanos 12:11-13 dice: “En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor; gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración; compartiendo para las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad”.

Luego de exponer el evangelio en la carta a los romanos, Pablo pasa a cómo debe verse en la vida real el evangelio haciendo énfasis en el amor genuino, tanto entre creyentes (amor fraternal y deferencia), y luego pasa al compartir para las necesidades de los santos y practicar la hospitalidad.

LA HOSPITALIDAD EN LA IGLESIA DEL PRIMER SIGLO

En los tiempos en que se escribe la carta, las tabernas y los mesones estaban llenos de pecado y perversión, por lo que era muy peligrosos. Ladrones y prostitutas asechaban a los viajeros. Y muchos creyentes, se veían obligados a viajar, ya sea por negocios o por la misma labor misionera.

Por otro lado, también vemos el caso de cómo en algunos lugares la persecución contra los creyentes incluía el despojo de sus bienes, incluyendo el ser echados de sus casas (He 10:34). Por lo que, muchos tenían la oportunidad de abrir su hogar a hermanos creyentes en necesidad, y darles un refugio para ser librados de la muerte y a la vez escapar del pecado.

Por eso, como vemos en los siguientes versículos, era un requisito que el apóstol Pablo establece para los futuros líderes de la iglesia, que hicieran evidente su amor por las almas, al ser hospedadores u hospitalarios.

1 Timoteo 3:2 dice: “Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar…”

Tito 1:7-8 dice: “Porque es necesario que el obispo sea irreprensible, como administrador de Dios; no soberbio, no iracundo, no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas,  (8)  sino hospedador, amante de lo bueno, sobrio, justo, santo, dueño de sí mismo…”.

1 Pedro 4:9 dice: “Hospedaos los unos a los otros sin murmuraciones”.

PRINCIPIO ESPIRITUAL DE LA HOSPITALIDAD

El principio básico de la hospitalidad es disponerse a sí mismo y sus recursos para la ayuda de gente que no conoce. Por lo que, se relaciona con la generosidad, que se manifiesta al buscar suplir las necesidades de aquellos que ni siquiera conoce.

Trasladado a nuestros días tiene que ver con el trato hacia los visitantes, y aún hacia los no creyentes que están necesitados, no solamente de ayuda económica, sino de apoyo emocional, de una amistad sincera, con disposición a velar por su bienestar primeramente espiritual pero también físico.

Lo contrario a ser hospitalario es ser alguien frío y hostil ante las necesidades de los demás.

LA HOSPITALIDAD Y LA MADUREZ ESPIRITUAL

La hospitalidad es una virtud espiritual que nos conduce de manera eficaz a la madurez. Para entender esa eficacia recordemos que la madurez espiritual es el resultado directo de la manifestación de la vida que nos ha sido dada en Cristo Jesús. Madurar es expresar el gobierno del espíritu sobre el alma. Madurez es sinónimo de la transformación del alma, mientras ella se despoja de todo lo que no somos en nuestro espíritu.

Cuando recibimos la vida espiritual se plantea una distancia entre lo que somos en nuestro espíritu y lo que manifestamos en nuestras almas. Ese camino siendo transitado es nuestra madurez.

Un aspecto relevante de nuestra madurez es el entendimiento pleno de nuestra realidad espiritual: somos parte de un Cuerpo. Ya no somos seres individuales e independiente, sino parte de un diseño que nos excede. De esa manera, cuando ayudamos aun hermano, no le estamos haciendo un bien a otra persona, sino que nos estamos ayudando a nosotros mismos en la realidad del cuerpo. A eso le llamamos “consciencia de Cuerpo”. Tener consciencia de Cuerpo es permitir a nuestra alma ser gobernada por la realidad espiritual del Cuerpo de Cristo.

Si bien, el rol de la hospitalidad en la iglesia del primer siglo no es el mismo que en nuestros días, el principio espiritual es plenamente vigente y necesario. El mundo sigue configurando y edificando las sociedades en individualismo cada día más extremo. Las personas viven aglomeradas, pero en profunda soledad. Se espera que un hijo de Dios entienda su realidad espiritual, venciendo toda forma de individualismo y mentiras en el alma que operan para aislarnos y alejarnos de la madurez espiritual.

1 Corintios 12:26 dice: “De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan”.

LA HOSPITALIDAD Y LOS PLANES DE DIOS.

La hospitalidad no es el resultado de actividades sociales vanas, que dan lugar a la murmuración y la habladuría. Estamos hablando de una disposición del corazón a las propuestas de los planes de Dios. La hospitalidad como virtud espiritual no se produce en nosotros por organización o por cultura familiar; por el contrario, proviene de estar conscientes y atentos a los planes de Dios.

Efesios 2:10 dice: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

CÓMO AÑADIR HOSPITALIDAD

  1. Pida al Padre una revelación creciente de su realidad en el Cuerpo de Cristo y siendo parte de Sus diseños.
  2. Renuncie a toda forma de pensamiento o estilo de vida individual y personal.
  3. Comience a ver las necesidades de sus hermanos en el Señor, como necesidades propias. Considere las enfermedades y circunstancias de sus hermanos como parte de su propia vida.
  4. Prepare su casa y administración para ser de solución a otros. Pida a Dios poder ser parte de lo que Él está produciendo en el mundo hoy y disfrute el privilegio de poder servir a otros en esa edificación.
  5. Enseñe a su propia alma, por la exposición al evangelio, el valor que tiene el servicio y la participación de las cosas eternas, por encima de toda configuración material individual y personal.

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